De todas las terrenas servidumbres

que aprisionan mi afán en esta cárcel

me confieso deudor de la carne

y de todos sus íntimos vaivenes

que me hacen más feliz

y menos libre.


A veces, sin embargo,

la esclavitud se muestra soberana

y me siento señor del destino.


Porque sé amar, porque probé la fruta

y no maldije nunca su sabor agridulce,

porque puedo ofrecer mi corazón intacto

si el camino se digna requerirlo,

porque resisto en pie, con humilde firmeza,

el rigor de este fuego que enloquece.


En este fragor mudo en el que todos somos

rufianes, vagabundos, desposeídos y presos

no existen vencedores ni vencidos

y mañana no arrienda la ganancia de ayer.


Que no entre en la batalla quien sucumba

ante el rencor pequeño de las humillaciones.


Saber, son necesarias descomunales dosis

de grandeza de espíritu y coraje

en las lides calladas de la pasión humana.


La recompensa, en cambio, es sustanciosa.


Ser súbdito tan sólo de la naturaleza,

no temer a la muerte ni al olvido,

no aceptarle a la vida una limosna,

no conformarse con menos que todo.

 Y si te digo que ahora vivo

Con la certeza de que no piensas en mí

Y que me consta que es muy cierto

Que nuestro amor por fin se ha muerto

Que no es tan nuevo para mí


Pero digamos que en tu ausencia

Te escribo un último poema

Mentiría si dijera

Que a mi la vida que aún me queda no la podré vivir sin ti.


Y sabes bien como soy yo

Si aquí se termina este cuento

Pues vida es la que tú prefieras y cada quien a su manera

Esta vez no te pido nada porque nada es lo que debes

Tanto ganas tanto pierdes


Y si te digo que ahora sigo

Que es una pena no volver a coincidir

Si bien las tardes son distintas

Yo les dedico una sonrisa

Apenas me acuerdo de ti.


Pero digamos que ahora mismo

Entre los ruidos y silencios de mi voz

Mis labios te hablan de alegría

Es que me abrazo a la ironía

De que otro día será mejor.

 Yo nunca resistí las despedidas...


Con su mezcla de muerte y precipicio

con el aroma amargo de la finitud

empalagando el ánimo

con esa luz de hielo matutino

que penetra debajo de los párpados.


Yo nunca resistí las despedidas

pero no sé por qué.

Me lo pregunto porque no ha supuesto

una sorpresa súbita casi ninguna de ellas.

He solido saber

con esa exactitud de los relojes

el lugar, el momento

la documentación y el escenario

en que sobrevinieron.


No hay engaño. El domingo seis

era un domingo sin ti. Estaba escrito

mucho antes que las lágrimas

anunciasen el fin

y todo fin es único.


Las despedidas son como el otoño

inevitables pérdidas

vienen puntuales con aviso previo.

Nadie puede acusar de su tristeza

a la pequeña hoja tiritando dormida

en medio del camino.


Yo nunca resistí las despedidas

porque en cada una de ellas se marchita la voz

de todas las personas que yo he sido

y ya no puedo ser.


M. V. C.